Agenda Cultural » Pablo Nardi, un escritor infiltrado en el mundo del periodismo.
Pablo Nardi es Licenciado en Cs. de la Comunicación y periodista cultural. Escribe en suplementos y portales como Revista Anfibia, La agenda de Buenos Aires, Revista Noticias, La Gaceta de Tucumán y El diario del fin del mundo entre otros.

Contanos brevemente acerca de tu formación y tu relación con la literatura.

Siempre me gustó escribir. O mejor dicho, siempre me gustaron las palabras: en el colegio me daban curiosidad, leía el diccionario por diversión (!) y cosas así, pero no sabía bien qué hacer con eso. A los 18 años, cuando recién me instalaba en Buenos Aires para estudiar Economía, empecé a escribir unas crónicas en El diario del fin del mundo sobre las cosas que le pasaban a un joven fueguino en la gran ciudad. Ahí descubrí que no había mayor placer que escribir (salvo leer) y, después de una especie de crisis vocacional, me cambié a Comunicación. En la nueva carrera tuve algunos profesores, pocos, que se relacionaban con la literatura y me di cuenta de que lo mío iba por ese lado. Empecé a hacer talleres de escritura con autores a los que admiraba, como Gonzalo Garcés y Abelardo Castillo, donde, además de conocer gente con los mismos intereses y leer mis primeros textos, se recomendaban lecturas. De a poco fui armando –y lo sigo haciendo– una especie de constelación de autores: quién influye en quién, estilos, discusiones entre estéticas distintas y a veces opuestas. En otras palabras, empecé a entender la literatura como un diálogo, en el sentido más amplio de la palabra. Todo esto sin mencionar a los autores que me marcaron en el momento en que uno empieza a descubrir la vida, a tomar las primeras decisiones importantes: al principio Borges y Bolaño, después norteamericanos como Flannery O’Connor y Salinger, algunos rusos como Tolstói y Chéjov, y entre argentinos Fabián Casas, Piglia, Mairal, por mencionar algunos.

¿Por qué elegiste desempeñarte dentro del campo del periodismo cultural?

Porque estudiaba Comunicación, carrera muy vinculada al periodismo, y me fascinaba la literatura. Tuve la suerte de caer en el taller de Garcés, en donde leíamos y hacíamos ensayos y reseñas de libros, series, etc., y tratábamos de publicar nuestros textos en suplementos culturales, blogs o donde fuese. En algún sentido me identifico más con un escritor infiltrado en el mundo del periodismo que con un periodista de oficio.

¿Qué creés que es fundamental a la hora de escribir sobre producción cultural?

Para mí es importante salir del discurso hecho, de las frases vacías, cosa que abunda en el periodismo cultural. Para eso hay que leer todo el tiempo, alcanzar cierta independencia a la hora de enfrentarse a una obra y animarse a conectarla con otras tradiciones, contextos, ver cómo tal obra dialoga con la época, detectar tendencias de las que nadie se había percatado, etc. No digo que yo lo logre, pero lo intento. El lector lo agradece, incluso aunque no esté de acuerdo. Hay una serie de periodistas-críticos jóvenes que sigo con mucha atención. En nuestro país: Martín Zariello, Tamara Tenenbaum, Laura Galarza, Joaquín Sánchez Mariño, Verónica Boix.

¿Cómo articulás tu tarea de periodismo con tu pasión por la literatura?

Trato de que el periodismo no pase por encima de la literatura. O, como dice Roland Barthes, “hacerle trampas la lengua”, que en términos de Fabián Casas sería “traficar poesía bajo el rótulo de periodismo”. Por supuesto, es una idea bastante romántica y muchas veces impracticable, pero en mi caso hay pequeñas ideas, recursos, que trato de tomar de la literatura y aplicarlos en notas periodísticas.

¿Cómo ves el campo del periodismo cultural en Tierra del Fuego?

La verdad, no muy bien. No hay, o por lo menos yo todavía no encontré, referentes culturales, es decir, periodistas o, en un sentido más amplio, líderes de opinión (podrían ser instagramers, youtubers, etc., y la función sería la misma) que hablen de lo que pasa en el arte fueguino. De hecho, el fenómeno es el mismo que a nivel nacional: salvo excepciones, el periodismo cultural está acorralado, adormecido por los amiguismos y la falsa idea de que hacer periodismo cultural es limitarse a difundir eventos u obras. Así como nos gusta que el periodismo político, ambiental, económico y demás no sea consecuente con el discurso oficial, también me gustaría ver ese espíritu crítico en el campo de la cultura. No me refiero a la crítica sobre cómo tal o cual gobierno gestiona presupuestos, obras y talleres culturales –que no es menos importante-, sino más bien al campo estrictamente cultural. ¿Qué pasa con la media docena de novelas que sale año a año de autores locales? ¿Hay una continuidad con alguna línea de la literatura argentina, o mejor, una ruptura? ¿O mera indiferencia? ¿Hay una literatura fueguina? ¿Qué leen los autores fueguinos y cómo eso repercute en sus textos? ¿Por qué la poesía patagónica tiene más visibilidad en el resto del país que la novela? Dado que Tierra del Fuego es un paisaje muy dado a la realización audiovisual, ¿qué están haciendo los pibes con sus cámaras, qué están produciendo? ¿Qué discursos los atraviesan? ¿De qué hablan las letras de un músico fueguino? Son preguntas que hasta ahora nunca vi formuladas y me parecen necesarias.

¿Podés elegir 5 obras fundamentales que recomendarías a cualquier lector adulto?

Es difícil, hay muchos gustos y también producciones muy diversas. No creo que las mismas obras tengan el mismo efecto en todos los lectores; hay gente a la que Shakespeare no le mueve un pelo. Además, algunos solo leen policiales, a otros les gustan las innovaciones formales, etc. Por mencionar algunos autores latinoamericanos más o menos contemporáneos que, para mí, hacen cosas interesantes y no son recomendaciones tan obvias: Mario Levrero (La novela luminosa), Samanta Schweblin (Pájaros en la boca), Julio Ramón Ribeyro (Cuentos reunidos), Sylvia Iparraguirre (La tierra del fuego, imperdible para lectores fueguinos), Rubém Fonseca (El collar del perro), Roberto Bolaño (Estrella Distante).




Volver a entrevistas